Inclusión laboral de los jóvenes: HACERNOS CARGO DE LA REALIDAD
Abril 28, 2009
“Les propongo entonces, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizás ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno.”
—Ernesto Sábato, escritor argentino
Lo que hace la inteligencia es aprehender la realidad tratando de captar lo real tal como es. Sin lugar a dudas que se trata de una actividad necesaria pero insuficiente. Este debe ser el primer paso para abordar una compleja realidad y amenazantes problemáticas que en el caso de América Latina, en su totalidad, y Argentina, en particular, requieren de acciones concretas que puedan consolidar procesos de cambio sustentables.
Entender la realidad, pero fundamentalmente cargar con ella, ya que se trata de una realidad que pesa mucho. El que quiera conocer el mundo de la pobreza y las necesidades del hombre debe hacerse cargo de la pobreza real, no sólo de las definiciones conceptuales y los esquemas de pensamiento.
Las palabras anteriores fueron la esencia de la charla sobre problemáticas de América Latina de un brillante teólogo europeo que desde hace años dedica su vida al trabajo social en los países de nuestra región. Esa fue la idea que hace algunos años quedó rondando en mi cabeza de joven estudiante universitario que siempre había estado involucrado en trabajo de voluntariado por el simple hecho de compartir y disfrutar.
Definitivamente esas palabras calaron hondo en mis visiones del mundo, mis intereses y mis sueños. Finalmente encontraba la justificación a todo el trabajo comunitario que venía realizando desde adolescente. No es la obligación lo que motiva, tampoco la culpa, ni siquiera un impulso irracional, el trabajo social se trata de un compromiso que uno asume para cargar con la difícil realidad en la que vive. Después de todo, nadie puede sentirse un “triunfador” en la vida dentro de una sociedad de pobreza y fracasos.
Muchas veces observamos nuestra sociedad con los ojos ciegos bien abiertos. No vemos la gravedad de los problemas sociales que nos afectan. Si aceptamos el desafío de hacernos cargo de la realidad es necesario tener una visión que nos permita abordarla de manera adecuada. Debemos lograr una mirada abarcadora y transparente que ilumine cualquier intervención que tengamos en la comunidad, por más pequeña y focalizada que sea.
Pero… ¿De qué realidad estamos hablando?
“¿Que les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿Vértigo? ¿Discotecas? También les queda discutir con Dios tanto si existe como si no existe, tender manos que ayudan a abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno, sobre todo les queda hacer futuro.”
—Mario Benedetti, escritor uruguayo
América Latina es una región plagada de contrastes. A patrimonios naturales y culturales de inmenso valor se le contraponen complejas problemáticas sociopolíticas, asimetrías y marcados dualismos. Quizás los indicadores económicos se hayan presentado un poco más favorables en los últimos años, sin embargo, la deuda social es muy grande e imposible de ignorar, no en vano Latinoamérica es la región del mundo con la mayor desigualdad en cuanto distribución de la renta. Es evidente que este complicado panorama afecta el desarrollo económico de los países y la gobernabilidad democrática.
Pensando en temáticas de juventud, se podrían presentar indicadores e índices para hablar, por ejemplo, de desempleo juvenil, deserción escolar y violencia urbana, sin embargo, las frías estadísticas no dan una visión sentida de la realidad que permita cargar con su peso.
Juventud es un concepto sociológico complejo, mucho más complejo que un mero recorte etáreo. En realidad, más que juventud son “juventudes”, y más que juventudes, son rostros; por eso es mucho más interesante ver lo que se tiene frente a los ojos; imágenes simples y cotidianas, pero llenas de significaciones y desafíos que se constituyen en la justificación de cualquier proyecto social.
Por ejemplo, basta recorrer las calles de las principales ciudades de América Latina para ver niños y jóvenes en las transitadas esquinas limpiando los vidrios de los indiferentes automóviles a cambio de escasas monedas. Otra imagen incorpora la problemática de la violencia urbana: cada vez son más poderosas las “maras”, pandillas juveniles que, expandiéndose por América Central, van consolidando zonas grises de violencia, robo y narcotráfico. Un cuadro mucho más trágico aún es el de los niños guerreros en el conflicto colombiano, jóvenes que sirven a una causa ya perdida por los medios que emplea.
Otro paisaje indigno es el de los jóvenes cuyo horizonte de vida se limita a la búsqueda de desechos en los inmensos basurales de las grandes capitales, la de aquellos que en condiciones precarias se ganan la vida como “cartoneros”, aportando a la economía familiar con su largo peregrinaje por las toneladas de basura que se acumulan en las calles al atardecer, así como los jóvenes que con esfuerzo finalizaron su escuela secundaria y no consiguen acceder a un empleo decente.
Con perspectiva de género, la situación de la mujer adquiere relevancia en la región, ya que son las jóvenes mujeres latinoamericanas las que viven la marginación y la precariedad con gran discriminación y cada vez mayor cantidad de hijos.
No hay que olvidar otras imágenes alienadoras como aquellos jóvenes de mirada perdida por los efectos del “paco”1 que abunda en las villas miserias de Buenos Aires; tampoco el cuadro que muestra grupos de jóvenes desesperanzados hablando de la nada y mirando hacia ningún lugar en alguna esquina que les otorga una frágil identidad.
Que cada lector haya podido imaginar y mirar con los ojos críticos estas historias que son un problema del presente y una hipoteca para el futuro de América Latina. Algo más preocupante aún, estos rostros con menos oportunidades que nos invaden lejos están de ser casos excepcionales: en Argentina, por ejemplo, cerca de un millón de jóvenes de entre 18 y 25 años no trabaja ni estudia y más de la mitad no ha podido completar la escuela secundaria.
Sin lugar a dudas que este panorama es fruto de años de desaciertos de políticas públicas poco planificadas y sostenibles, y de erróneas visiones con estigmas que asocian a la juventud con la pérdida de valores, la violencia, los vicios y el peligro. Además, problemas estructurales que condicionan fuertemente la realidad de los jóvenes de estos tiempos, siendo el desempleo una de las razones que explica estos problemas que afectan a los jóvenes.
Una de las grandes deudas sociales es la de la inserción laboral de los jóvenes en el mundo del trabajo, espacio fundamental en la vida contemporánea para encontrar bienestar, definir la identidad y construir un proyecto de vida. La desventaja con la que corren los jóvenes de bajos recursos en cuanto su empleabilidad, sumada a la condena social que los estigmatiza como problemas sociales, le da justificación a cualquier intervención que les otorgue herramientas y los promueva.
Si de desempleo se habla, uno de los sectores más castigados es el de los jóvenes, principalmente aquellos que por su situación económica y social se encuentran en situación de vulnerabilidad y con menores oportunidades. Los mismos que nacieron y crecieron esperanzados junto a la consolidación de nuestra democracia, son los que hoy están desorientados y sin proyectos; los que engrosan las altas tasas de deserción escolar2 y también, los que ven obstaculizados su autonomía y crecimiento debido a la imposibilidad de insertarse en el mercado laboral.
En la problemática estructural del desempleo, los primeros y principales perjudicados son los jóvenes. Así lo evidencian las tasas de desocupación, en las cuáles los índices de desempleo juvenil superan el 20%; escenario aún más grave si este mismo índice se aplica solamente entre los jóvenes de nivel socioeconómico más bajo (en este caso, la tasa de desocupación puede llegar a superar el 50%). Este cuadro se completa con aquellos jóvenes que ya ni siquiera buscan trabajo y también, con la gran cantidad que irregularmente trabaja en el mercado informal, a través de “changas” y con total carencia de coberturas sociales y protecciones de algún tipo.
Esta alta tasa de desempleo entre los jóvenes responde a cuestiones macroeconómicas propias del contexto económico (los jóvenes son la principal variable de ajuste del mercado laboral en momentos de crisis), pero también, a una serie de factores vinculados a la empleabilidad, la pobreza y la fuerte discriminación que sufren los jóvenes con menores oportunidades.
¿Por qué un joven no consigue trabajo? Las respuestas siempre suelen ser parciales. Porque sus credenciales académicas no son suficientes, o porque presenta debilidades en cuanto sus competencias (actitudes y aptitudes en acción), o porque no se compromete con su trabajo, o porque las empresas aplican criterios de selección basados en la “portación de cara” y “portación de barrio” de los jóvenes. En cada joven, todas estas variables se combinan en mayor o menor grado, en todos los casos, dificultando el acceso de los jóvenes a empleos de calidad.
Es indudable el fuerte impacto que esta problemática tiene en cada uno de los jóvenes a los que afecta y a la sociedad en su conjunto, estorbando las posibilidades de crecimiento económico, la calidad de las instituciones y evidentemente, el bienestar de sus habitantes.
En esta línea, el desempleo y el subempleo de los jóvenes tienen costos muy altos para la sociedad y se constituye en un verdadero problema en el proceso de construcción de ciudadanía.
En primer lugar, los jóvenes pierden motivación y autoestima3, dejan de valorar la importancia del trabajo y además, desarrollan comportamientos y actitudes poco favorables para su futuro. Como ya se mencionó, estos efectos impactan en la comunidad en su conjunto, agudizando problemáticas sociales como la pobreza, restándole eficacia a la inversión educativa realizada, e inclusive, brindando menos posibilidades de adquisición de bienes y servicios, situación que indudablemente repercutirá en el desarrollo productivo y crecimiento económico de nuestros países.
¿Qué se puede hacer ante esta realidad?
“Es hora de que América Latina se ocupe seriamente de los jóvenes, colocando el tema en lugar prioritario en la agenda pública y forjando un gran pacto nacional entre las políticas públicas, las empresas privadas y la sociedad civil, para abrirles oportunidades…¿Ayudaremos a los jóvenes a recuperar la esperanza, o seguiremos echándoles la culpa de las situaciones sin salida en que la sociedad ha colocado a muchos de ellos?”
—Bernardo Kliksberg
Queda evidenciado que la problemática de juventud y desempleo, como cualquier problema social, es compleja y multidimensional. Generar procesos de inclusión laboral de jóvenes requiere de paciencia y capacidad para poner en juego a distintos actores sociales.
En primer lugar, el rol de Estado que es ineludible. Es el Estado el actor que debe generar políticas públicas consistentes que fortalezcan la educación de los jóvenes, ya sea brindando educación pública de calidad, así como también, generando programas y estrategias de reinserción escolar. Son sólo dos ejemplos del abanico de soluciones que le caben a los gobiernos.
No debe olvidarse la visión estratégica para implementar políticas culturales y laborales lo suficientemente diversas como para reflejar a los jóvenes tal como son en la actualidad, reconociendo “tribus urbanas”, el valor identitario y simbólico de manifestaciones culturales como la cumbia y el hip-hop, y comprendiendo sus preferencias en función de procesos de escucha y diálogo.
Una política pública supone una serie de pautas y procedimientos que buscan impactar en individualidades, en la juventud que son “rostros”. Aquí es donde las organizaciones de la sociedad civil cumplen un rol valioso. Para contribuir con el proceso de inclusión laboral de los jóvenes, son necesarios programas que fortalezcan el componente actitudinal de cada joven, su autoestima y le brinden las herramientas necesarias para comenzar a imaginar un futuro distinto. Aquí, cada rostro es una historia distinta y con un final abierto. La fortaleza de quienes integran organizaciones sociales es justamente seguir y acompañar cada uno de estos rostros, conociéndolo en profundidad y ayudándolo a transitar el proceso de inclusión.
Son procesos lentos con muchos avances y retrocesos, por momentos frustrantes, pero totalmente redituables cuando un joven (¡aunque sea sólo uno!) descubre todas sus fortalezas, fortalece su autonomía y comienza a percibir que no es imposible pensar en un nuevo proyecto de vida. Experiencias argentinas de organizaciones de la sociedad civil que buscan la inclusión laboral de jóvenes con menos oportunidades4 ratifican estas afirmaciones.
A todo esto se le debe agregar el compromiso activo de aquellos jóvenes que tienen los recursos materiales, intelectuales y simbólicos como para acceder a educación de calidad y tener posibilidades en el actual mundo competitivo. Ya lo dijo Eduardo Galeano: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizás desencadenen la alegría de hacer y la traduzca en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.”
Así, el voluntariado de los jóvenes para los jóvenes se convierte en una herramienta con un gran potencial transformador. Ponerse al servicio de aquellos que más lo necesitan enriquece a la persona ya que un voluntario siempre recibe mucho más de lo que da.
El voluntariado universitario es un espacio todavía poco desarrollado, pese a tener una gran incidencia en el proceso de formación de un estudiante, futuro profesional inserto en una sociedad compleja.
Pero si hablamos de inclusión laboral de jóvenes en empleos de calidad, el sector que no puede queda afuera es el empresarial, posiblemente, el punto más débil en todo este proceso. El clima es propicio. Pese a estar en inciertos momentos turbulentos de crisis económica a nivel global, el enfoque de la responsabilidad social empresaria es una ventana que se viene abriendo. La búsqueda estratégica de ser un buen “ciudadano corporativo” y de generar relaciones éticas y transparentes con los distintos públicos de interés de una empresa, es una oportunidad.
De esta manera, se convierte en un interesante desafío completar los procesos anteriores con un profundo trabajo de sensibilización en las empresas sobre la necesidad de generar políticas de recursos humanos promotoras de la diversidad y la inclusión de grupos en desventaja.
No sólo trabajar con las fundaciones empresariales o departamentos de responsabilidad social para lograr apoyo de proyectos y programas sociales; el desafío mayor es trabajar con los departamentos de recursos humanos, ya que ahí está la llave para que jóvenes con menos oportunidades realmente puedan acceder a un empleo de la mejor manera.
El desafío no es fácil, se trata de áreas que buscan maximizar la productividad y el potencial de las personas, a las que hay que demostrarles la necesidad de generar oportunidades para aquellos que no se encuentran en sus prioridades cotidianas producto de la propia competitividad del mercado laboral.
Acortar la brecha entre los jóvenes y el mercado laboral, ese es el desafío. Por un lado, la brecha objetiva de falta de credenciales académicas, capacitación y competencias de los jóvenes en relación a las demandas cada vez más exigentes del mundo del trabajo.
Por el otro, la brecha subjetiva de miedos y prejuicios, de los jóvenes que sienten que nunca van a tener posibilidades, y sobre todo de las empresas para que puedan superar prejuicios que se traducen en prácticas discriminatorias, así como también, la capacidad para flexibilizar requisitos muchas veces innecesarios para un puesto de trabajo.
En definitiva, se torna indispensable el compromiso de cargar con la pesada realidad social de la región, en un primer momento, siendo conscientes de las problemáticas que están afectando a los jóvenes y sin caer en el error de ver en cada joven con menos oportunidades un peligroso problema.
Es necesaria una mirada inteligente y comprometida a partir de la cuál comenzar a tomar rumbos de acción en las comunidades para que los esfuerzos individuales sean enriquecidos con la articulación entre diversos actores sociales.
Con esta visión, además de trabajar para revertir situaciones de pobreza y exclusión juvenil, se estará consolidando un importante proceso de cambio cultural que colocará en un lugar central a la ética y la solidaridad. Construir ciudadanía es un deber de todos. El desafío está planteado… desde tu lugar, ¿De qué manera vas a hacerte cargo de la realidad? ñ
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*Lucas Ignacio Utrera, 28 años. Politólogo inquieto egresado de la Universidad Católica de Córdoba y de la maestría en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés. Autor del libro “La formación de capital social, la clave de todo proyecto comunitario” además de contar con publicaciones en medios nacionales y regionales.
Integró los equipos del Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria (IARSE) y de la Consultora Perspectivas Sociales , ambas en córdoba.
Desde 2005 trabaja como coordinador de programas en el Departamento de Responsabilidad Social y Asuntos Públicos de Manpower Argentina, coordinando programas de empleabilidad para jóvenes de bajos recursos, migrantes y refugiados; programas de voluntariado corporativo y de promoción de la salud en zonas rurales y lucha contra el Trabajo infantil.
En 2009 retoma sus actividades como docente universitario en temas de RSE y gestión de la diversidad.
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estoy terminando el secundario a los 43 años ,le gacias a Dio que todavia pueda tene es posibilidad ,me parecio babaro el artiulo ,yo he dormino en la calle y yo creo que america tenemo mucho para cambia .Yo creo que el tene educacion lo hace mas libre
Hola amigo Lucas, soy del estado de Chiapas, te felicito por tu artículo, creo que lo que plateas es una realidad cruel, pero existente en todo el mundo, pero ojala muchos politicos tuvieran por lo menos un poquito de visión como la tuya, creo que podriamos ayudar mucho a nuestros jovenes.
Nuevamente felicidades amigo.
Pco.