Arte, identidad e inclusión social

Octubre 28, 2008

Arte, identidad e inclusión social

Una breve introducción al tema central del primer número de Idebate.ñ, por la editora

Por María Fernanda Heyaca.
Editora de Idebate.ñ


Creo que el arte es una herramienta de cambio efectiva porque la creación es revolución. Nada es igual antes y después de un acto creativo…. Crear es poner patas arriba algo, es inventar, es confrontar con lo conocido, es explorar formas nuevas…
—Dora Reiss, soñadora social

Comencé a conocer la fotografía en ph15. Así es que lo primero que me viene a la cabeza al escuchar fotografía es trabajo en grupo y dentro del trabajo en común la búsqueda personal. Aprender a juntar mis pensamientos y sentimientos en una toma. Contar lo que me pasa en una imagen instantánea
—Ariel Vicondoa, ph15

A partir del arte, es posible una mayor inclusión, es posible un mayor reconocimiento propio, es una puerta al mundo, a tu propio mundo y al mundo que hay detrás del tuyo propio. Es más, es posiblemente la mejor herramienta para realizarlo porque el arte te hace sentir libre, siendo libres aparece nuestro verdadero yo, sin restricciones de ningún tipo
—Britney, actriz

Cuando las historias personales son tomadas seriamente, la auto estima se restituye
—Margaret Ledwit 2005:260

La pregunta es por qué el arte, acto creativo en su esencia, puede pensarse como una herramienta efectiva de intervención y cambio social. Como equipo editorial nos paramos frente a esta pregunta dada la inmensa cantidad de proyectos que, a lo largo de América Latina, privilegian al arte como vehículo para promover los derechos humanos de los y las jóvenes y que, a través de dicha promoción, en última instancia dinamizan procesos de redistribución material y simbólica tendientes a una mayor equidad social.
Una buena forma de enmarcar esta reflexión es haciendo una referencia a la sanción de la Convención Iberoamericana de Derechos de la Juventud, primer documento de carácter internacional capaz de dar soporte jurídico a los gobiernos iberoamericanos para el desarrollo de políticas públicas dirigidas a la promoción y el fortalecimiento de la juventud bajo un enfoque de derechos. Indudablemente, su contribución más significativa, ha sido reconocer a la juventud como sujeto social y de derecho. Hasta entonces, constituía un sujeto social intermedio, diluido entre la niñez y la adultez. Dicho reconocimiento se explicita en la noción de que “los jóvenes conforman un sector social que tiene características singulares en razón de factores psico-sociales, físicos y de identidad que requieren una atención especial por tratarse de un período de la vida donde se forma y consolida la personalidad, la adquisición de conocimientos, la seguridad personal y la proyección al futuro” (Convención Iberoamericana de Derechos de la Juventud 2005: Preámbulo). El arte es un acto de creación capaz de reafirmar la personalidad y seguridad subjetiva de los y las jóvenes. Desde una perspectiva de derechos humanos, los proyectos que buscan un impacto social positivo a través del arte, llenan vacíos producto de situaciones de vulnerabilidad social; vacíos que impactan en forma diferencial en los jóvenes, justamente, por tratarse de un conjunto social con necesidades propias.
Esta conclusión conduce a una segunda reflexión, vinculada a la eficacia histórica del modelo de desarrollo tecno-científico en la región. En el corazón de dicho modelo, cuyo origen histórico remonta al siglo XVII, el concepto de desarrollo es asimilado al de crecimiento económico. En este sentido, el modelo se construyó sobre la premisa de que el desarrollo económico arrastraría al resto de los desarrollos, incluyendo el social y humano. En última instancia, continúa el argumento, el desarrollo económico gotearía hacia las capas pobres permitiendo su movilidad ascendente. Entre sus mayores énfasis, el modelo de desarrollo tecno-científico favoreció históricamente el desarrollo de la técnica y la maquinaria, independientemente de la preservación del medio ambiente, la búsqueda de equidad social como un principio ético-moral, la equidad de género, el respeto por las culturas y la sabiduría milenaria, y el desarrollo humano (creativo-mental, cultural, moral). En breve, este modelo de desarrollo supedita el desarrollo humano (consecuencia) al desarrollo económico (causa). En el plano histórico-político, el modelo se levantó sobre un concepto de ciudadanía que acentúa el individualismo: un ciudadano o ciudadana es un actor racional egoísta que persigue su propio interés; se es ciudadano básicamente a la hora de emitir un voto y, dicho acto, está regido, justamente, por la búsqueda de maximización del propio interés. Lo cierto es que este modelo de desarrollo ha entrado en aguda crisis dado que sus promesas han quedado incumplidas: la historia de la región confirma que el desarrollo económico no necesariamente conduce al desarrollo social y humano. El desafío es, entonces, repensar un modelo de desarrollo que coloque al ser humano en su centro, donde el desarrollo económico quede subordinado al desarrollo humano y no a la inversa y cuya traducción en el plano político sea un nuevo modelo de democracia sostenido en un nuevo modelo de ciudadanía que acentúe la noción de que se es ciudadano o ciudadana con el otro, en un proceso conjunto de construcción del espacio público y donde la ciudadanía es un actor de cambio antes que un objeto receptor de políticas públicas. Como apuntaremos en la conclusión, los programas sociales que privilegian al arte como herramienta de cambio son compatibles con este nuevo modelo de pensamiento.
Parte de este cambio de paradigma, y abriendo una tercer línea de reflexión, es el nacimiento de nuevos enfoques para comprender y medir la realidad de la pobreza. En conjunción con las premisas del modelo tecno-científico de desarrollo, durante años la pobreza fue medida exclusivamente en términos cuantitativos, primordialmente, en base a una determinada canasta de bienes y servicios delimitadora de una línea imaginaria (aunque, en el silencio cotidiano de miles de habitantes de la región, absolutamente tangible). La década de los 90 originó nuevos modelos de pensamiento para abordar la pobreza, desde una perspectiva de derechos humanos. En este nuevo contexto intelectual, no hablamos ya de pobreza material sino de individuos en situación de vulnerabilidad social. Es tal un concepto ampliado, que si bien incluye al anterior, se extiende a toda la ecología social que rodea al individuo (de allí el término situación de vulnerabilidad social). Los enfoques de desarrollo comunitario basados en el modelo de Ecología Social incorporan en sus mediciones las redes de relaciones en que el sujeto está inmerso (pares, familia, escuela, barrio), las instituciones legales y gubernamentales (leyes y políticas públicas) y las variables macro estructurales. En el cruce del conjunto de estas variables un ciudadano/a es más o menos vulnerable. Ahora bien, el mayor potencial de este enfoque es que, justamente, coloca a las subjetividades en el centro de la escena. Asimismo, altera absolutamente el viejo imaginario sobre la pobreza, porque revela que, en última instancia, el desafío primerísimo de las políticas públicas de redistribución de bienes materiales y simbólicos y de los programas sociales gestionados por Organizaciones de la Sociedad Civil, es sanear los efectos de las carencias sobre las subjetividades. La pregunta es, en definitiva, ¿Cómo impactan los vacíos sobre el sujeto? Lo cierto es que ninguna política social, sea ésta gestionada desde el Estado o el Sector Social, que no parta desde dicha pregunta será efectiva. Podemos destinar mayores recursos a los sectores juveniles en situación de vulnerabilidad social pero, si no trabajamos por reforzar la identidad y seguridad de los jóvenes, el intento naufragará en un eco inefectivo. Una vez más, los programas que aquí referimos, cumplen con esta premisa porque parten desde y se orientan hacia la reconstitución de las subjetividades juveniles.
Un cuarto eje de reflexión, vinculado al anterior, es reconocer que actualmente el mayor desafío para las democracias de la región ha dejado de girar en torno a la dicotomía entre autoritarismo o democracia. Hoy, el gran desafío pendiente es la consolidación democrática. La gran pregunta es: ¿qué modelo de democracia aspiramos construir?
Haber alterado el imaginario sobre la pobreza, también incluye una transformación en la conciencia de parte de aquellos/as que se encuentran trabajando en áreas vulnerables aportando herramientas técnicas y de gestión, una transformación que dice que en contextos de vulnerabilidad social, también existe riqueza, abundante riqueza. Poco a poco, quienes se involucran con el cambio, entienden que es imperativo dejar de lado los enfoques evangelizadores, que la mayor ganancia no es enseñar a sino aprender de y promover el cambio junto a. Haber puesto al sujeto en el centro del debate permitió re-valorizar las posibilidades inmensas de cambio social gestionadas desde y por los propios sujetos hacia quienes el cambio está destinado. Los proyectos aquí reunidos logran un impacto social concreto porque trabajan a partir de y recuperando y potenciando dicha riqueza; en otras palabras porque, simplemente, confían en los y las jóvenes en situación de vulnerabilidad y movilizan los recursos que ya existen en sus propias comunidades. Así, contribuyen en su trabajo cotidiano a lograr que concibamos a los y las jóvenes como sujetos de cambio; ya no, como meros receptores de recetas superadoras de condiciones de existencia. Esto también es parte del debate sobre qué democracia, porque, en definitiva, el nuevo modelo de pensamiento para abordar la vulnerabilidad social está sostenido sobre un nuevo modelo de democracia, donde los representantes públicos comparten su protagonismo con los ciudadanos. Llamamos a esto democracia participativa; un modelo de democracia alternativo a la democracia representativa (donde los sujetos de cambio son los representantes públicos) que boga por una ciudadanía activamente involucrada en la construcción del espacio público. Sin una juventud firme, con confianza en sí misma, pretender que ocupe un lugar de cambio es cuadrar un círculo.
Los proyectos sociales que potencian al arte como herramienta de cambio recuperan cada uno de los elementos hasta aquí mencionados. El arte es creación. El arte es expresión. El arte es creación y expresión que contribuye efectivamente a reafirmar la identidad juvenil. He aquí el meollo de la cuestión: reafirmar la identidad es un requisito necesario para asegurar a los y las jóvenes en situación de vulnerabilidad social su capacidad de proyectarse modelos de futuro (capacidad que dicha situación frecuentemente inhibe), su derecho humano básico a soñar con un futuro superador del presente donde puedan percibir y defender su propio lugar dentro del cambio que sueñan ver realizado. El arte es, entonces y desde el punto de vista de las subjetividades y en el contexto de una democracia participativa, un vehículo poderosísimo de promoción de los derechos humanos de los y las jóvenes.
Ahora bien, concretamente, ¿cómo logra el arte reforzar la identidad y, con ello, promover la inclusión social? El arte como herramienta de cambio social es un ejercicio de introspección y reflexión sobre la propia realidad cotidiana. Vemos esto claramente reflejado en los testimonios y trabajo final de los participantes del programa ph15. Siguiendo a Margaret Ledwith (2005), el desarrollo comunitario comienza en la realidad del día a día y la práctica reflexiva es la base del proceso; el cambio comienza en la profundidad del ser para pasar a ser luego praxis crítica donde la reflexión personal se engarza en un continuo de acción colectiva. De acuerdo con Paulo Freire, el desarrollo de la conciencia crítica es el puntapié para la acción colectiva y la promoción de dinámicas de redistribución de bienes tanto materiales como simbólicos sostenidas en el propio sujeto en situación de vulnerabilidad. Los y las jóvenes, al crear reflexivamente a través del arte, proyectan su interior hacia el exterior: cuentan, hablan, denuncian, sueñan, en medio de un proceso liberador de su ser (he aquí la relevancia de realizar estos ejercicios en forma conjunta entre pares y la importancia que los y las jóvenes atribuyen al momento en que se comparte el producto del trabajo entre pares). Así, la propia historia personal se vuelve una retórica compartida con otras historias personales con las cuales existen puntos de contacto esenciales (y vamos construyendo así un modelo de ciudadanía que deja lo individual para pasar al conjunto). De allí, los sujetos logran romper la tendencia al aislacionismo (“esto me pasa sólo a mí”, “en definitiva, ¿a quién le importo? ¿a quién le importan mis sueños?”) para pasar a reflexionar junto a otros y críticamente sobre su posición (compartida) dentro de un contexto social mayor (compartido también). Esto refuerza la autonomía crítica, y, con ello, la autoestima; operación que conduce a una mayor confianza propia, autonomía personal y sentido del propio ser en el mundo. Esta confianza es el puntapié para involucrarse críticamente en la construcción social. En breve, las historias personales, el día a día, son la fuente del cambio social y la transformación. El arte es un diálogo en la soledad con uno mismo y en la compañía de los demás, que da luz, moldea, completa el sentido y expresa esas historias.
En este punto, los procesos de redistribución material y simbólico se encuentran y complementan entre sí. Los cambios profundos en la subjetividad son, en sí mismos, un proceso de redistribución simbólica que, además recuperan y liberan fuerzas de cambio. Sin sujetos autónomos, ¿de qué vale la redistribución material, después de todo? Vale mencionar, en este contexto, que uno de los mayores logros de las estructuras comunitarias es proveer redes de contención entre pares que acompañan al individuo en situación de vulnerabilidad social en el proceso de volver a auto reconocerse sujeto de derechos humanos, hacia sí mismo y hacia la sociedad. En este sentido, las estructuras comunitarias son el contexto ideal para aplicar este tipo de programas. Allí, las personas encuentran tal vez una familia, tal vez a su primer amigo o amiga, tal vez paz o alegría; allí no da lo mismo estar presente o ausente porque allí se es para el otro.
Recapitulando, en los programas aquí presentados, el arte es un vehículo para reforzar la identidad de los y las jóvenes; en este sentido, responden al nuevo paradigma de desarrollo humano y sustentable. En primer lugar, porque colocan al individuo, su historia de vida y su entorno, en el centro; como destinatario o destinataria último del impacto social. En este sentido, el desarrollo humano es prioridad y fin en sí mismo (no ya consecuencia sino causa). En segundo lugar, conllevan la semilla de la sustentabilidad porque refuerzan la identidad del joven; al hacerlo, a su vez, sanean su auto estima y estimulan su capacidad crítica logrando dos objetivos principales: originar y/o potenciar su capacidad de proyectarse en un futuro diseñado por los propios jóvenes, y constituirlos como sujetos de cambio (no ya receptores pasivos de políticas de cambio). Así, estos programas logran un proceso de redistribución de bienes, en este caso, simbólico. Tercero, el proceso mencionado libera fuerzas de cambio: la redistribución simbólica, primero, origina y, segundo, sostiene (por ello hablamos de sustentabilidad en el largo plazo) procesos de redistribución materiales (empujados por los propios beneficiarios y beneficiarias). Cuarto, es claro, entonces, que este nuevo modelo de desarrollo humano sustentable realiza en términos concretos (en historias de vida personales, individuales, con un nombre, un apellido, una historia) la así denominada perspectiva de derechos humanos; los sujetos no sólo son portadores de derechos humanos abstractos que en definitiva son meras atribuciones legales: los sujetos son provistos de herramientas para ejercer esos derechos humanos. Finalmente, estos nuevos sujetos, estimulados en su capacidad crítica (prerrequisito para involucrarse en la construcción de lo público) son, en última instancia, ciudadanos con herramientas para empujar y sostener un nuevo modelo de democracia, no ya representativa sino participativa.

4 Responses to “Arte, identidad e inclusión social”

  1. hernanon Marzo 4th, 2008 11:40 am

    Muy bueno, che!!!

  2. orregoon Abril 14th, 2008 5:47 pm

    cómo construye y en base a que autores el concepto de redistribución simbólica???

  3. mfheyacaon Abril 21st, 2008 10:03 am

    Estimado Orrego;

    Muchísimas gracias por la lectura del artículo y por tu inquietud. El concepto de redistribución simbólica es algo propio, lo he formalizado en base a mi experiencia profesional, en particular, dirigiendo diagnósticos participativos con enfoque de derechos humanos en zonas en situación de elevadísima vulnerabilidad social en la Provincia de Buenos Aires, en Argentina y como Coordinadora Social en un barrio de tales características de un programa de contención a niños/as y adolescentes en situación de trabajo. Allí trabajé junto a organizaciones comunitarias locales, lo cual me permitió observar directamente y sin mediaciones cómo los procesos de construcción pública comunitarios dinamizan procesos de redistribución que no son tangibles pero que son tan importantes como los que sí lo son, sobre todo, en el marco de un modelo de desarrollo humano sustentable. Sumado, el concepto de redistribución simbólica, en mi conceptualización, alude en gran medida a cuestiones identitarias. En este sentido, sí es probable que alguno de sus presupuestos estén influidos por la sociología francesa contemporánea, descontando al pedagogo Freire, mencionado en el artículo. Otra influencia teórica (que es posterior a mi experiencia de campo y que, en este sentido, me ha permitido abstraer y sistematizar algunos conceptos desarrollados en mi trabajo de campo) proviene de la propia Margaret Ledwith, citada también y, en general, de la corriente así denominada PAR (Participatory Research), cuya lectura te recomiendo, si el artículo te ha interesado, puntualmente, en lo referido al trabajo con historias de vida.

    En general para tí y todos nuestros lectores, aquellas ideas y argumentos vertidas en el artículo que no están citadas son propias y parten desde mi experiencia profesional; tanto aplicada como académica (como docente universitaria).

    Si quieres que abramos una discusión teórica respecto de este concepto, para, por ejemplo, ampliarlo, podemos hacerlo a través de este medio. Estaría encantada.

    A disposición y, nuevamente, muchísimas gracias por la lectura del artículo.

    María Fernanda Heyaca, Editora Idebate.ñ

  4. opium */*on Agosto 2nd, 2008 12:09 am

    ¡Me pareció muy buena la idea de pensar la democracia desde el arte! No me parece que sea un área al que los teóricos le den demasiada bolilla y sin embargo es una de las expresiones más claras, y más propias (porque nadie puede quitarnos nuestro arte) que tenemos los humanos. Además, creo que una de las ventajas del arte es que dificilmente algo este mal (salvo cuando hay consignas, no?) sino que puede gustarte más o menos, puede llegarte más o menos, pero eso no marca una barrera quasi dogmatica entre lo blanco y lo negro, y eso refuerza el autoestima y la identidad de grupo. Entiendo que es en este punto en el que entra la idea de REDISTRIBUCIÓN SIMBÓLICA.Supongo que el concepto funcionaría como una manera de premio no material en el que democracia y expresión artística confluyen.

    Cariños,
    pauli

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